Medias con la banderita de un país ficticio. Así empieza mi día, me miro el pie y no es Bélgica ni Alemania, pero por ahí anda. Ni siquiera es alguna de esas banderas desteñidas donde se ha transformado el amarillo en verde o el rojo en rosa. Es un país inventado. Uno cualquiera, ahí en mi tobillo. Alguno que está por nacer y liderar alguna causa tan ridícula como justa, o está por llenar de chicos el mundo como si le tirase dardos y los clavara en sus suelos áridos y prometedores. Tal vez algún pequeño rincón del planeta, supongamos en África, en donde las personas solo escuchen música si la hacen ellos mismos. En donde quizás no tengan disquerías, ni latas de veinte litros de esmalte sintético blanco, ni hayan pintado su casa hecha de pequeñas tablas de madera y paja. Pero yo ando con su bandera pegada al pie y cuando me despierto es lo primero que veo. Eso y enseguida algunas gotitas minúsculas en el piso que se me pasaron al limpiar.
Estuve una semana haciendo esto, durmiendo entre el polvo desprendido por las paredes, las cosas apiladas, los brazos triturados de trabajar sin parar. Sacándome tapones de polvo de la nariz, cubriendo los distintos espacios con papeles de diarios y trapos y cinta sobre los zócalos, corriendo la escalera y dándole al rodillo sobre el techo y a las terminaciones con un pincel más fino. Transformándome en un mono que pendula en posiciones rarísimas su mano simiesca con pincel, mientras la otra trata de asegurarlo a algo. Pensé en contratar a alguien para que hiciera todo el trabajo, pero lo tomé como algo personal y para esas cosas no se buscan sicarios. Hice que las manchas quedaran cubiertas, intenté que el tiempo se borrase como si bastara con pasarle un pincel que dejara todo en blanco, listo para volver a empezar, y aunque no lograba mucho, la superabundancia del color y ciertos momentos de rebote de luz sobre él, me devolvían cierta claridad.
En todo el proceso me la pasé escuchando música. Especialmente me detuve en dos canciones muy diferentes, pero a ambas las dejaba repitiéndose tardes enteras. Una fue Sobre madera rosa, de Gabo. Me quedaba atrapado en las enumeraciones y en la descripción del recorrido sobre los objetos en los que iba fijando la atención. Excepto por el final, la letra de la canción solo se trataría de un inventario de cosas más o menos inverosímiles que él posee. Hasta que al terminar entendemos que todos esos objetos forman parte de alguna clase de herencia de una ruptura amorosa o que únicamente son reseñados en ese sentido, como recuerdo de con quien han sido poseídos, vivenciados o llenados de sentido. La melodía sobre la que monta su voz esmeradamente cuidadosa y didáctica, recuerda a una cajita de música. Todo el conjunto sería una canción infantil, casi de cuna, si la letra no hablara de otra cosa. Así toda la tarde la canción hacía ese recuento de las alucinadas posesiones de un antropólogo del siglo XIX mientras yo pintaba mi departamento y repetía la letra de manera mecánica hasta que interrumpía y me quedaba pensando en una estrofa hasta el final porque me transportaba a algunos de los lugares mencionados como Jaipur o Durbán –tal vez alguno tuviera como emblema la banderita de mis medias– o su fuerza hacía que imaginara una serie de cosas, paisajes y sensaciones que no me permitían regresar hasta momentos después. Retomaba luego que la canción volvía a empezar y entonaba la letra antecediendo con precisión de parpadeo hasta las respiraciones del cantante. Luego en otras, actuaba partes o amagaba bailecitos cuando bajaba de la escalera a tomar agua o cambiarla de posición. A veces quedaba pensando en las acepciones de las palabras, y otras las modificaba con algún resultado humorístico que me daba risa o me hacía sentir idiota. Cantaba a los gritos, susurraba, cantaba fragmentos pequeños, solo algunas palabras como si mi voz fuese platillos y ésa la única parte que mi instrumento debía interpretar en una larga partitura. Me preguntaba por qué esa palabra y no otra. Partes que me habían deslumbrado hacía un rato, ahora no entendía del todo, hasta que el foco que creía haber hecho sobre la canción se borroneaba y la transformaba en otra cosa como si la estuviese observando a través de un caleidoscopio. La atención parecía desgranarla hasta unidades imperceptibles y ahí cuando llegaba a esa fragmento minúsculo, como si se tratara de un fractal, se reproducía el sentido invitando a un nuevo recorrido.
Con la otra canción, Space Oddity de Bowie, me pasaba que a medida que me movía para seguir pintando iba escuchando diferentes instrumentos que aparecían en escena, como si tuviese una interpretación distinta cada vez que me cambiaba de posición. Era siempre un cover de sí misma. Es que tiene un paneo particular que logra un diálogo entre ambos canales, y con el movimiento del lugar desde donde se la escucha se puede lograr balances siempre diferentes. La letra que parece casi intrascendente, cuenta brevemente la historia del Mayor Tom que viaja al espacio, y puede leérsela en clave de uso de drogas. Es una metáfora bastante directa por cierto. Así y todo el aparente naturalismo de la procesión del despegue de un cohete deja filtrar imágenes de otra textura. La letra igualmente se reconfigura si se la escucha en el mismo diálogo de canales. El conteo de despegue se desarrolla en un canal mientras en el otro la base de control se comunica con Tom. Bowie se hace coros por el canal izquierdo en un tono más agudo y con un color mucho más dramático que en el derecho que canta en el registro más equilibrado. Luego, la toma del izquierdo se vuelve una voz seria y la del derecho se mantiene. Y aparecen los rasguidos de guitarra de nylon más balanceados hacia el derecho y los claps que responden desde el izquierdo y se da ese ida y vuelta cuya idea de alguna manera es jugar con el posible diálogo del astronauta y el sitio de control en la tierra, o la realidad y el mundo onírico de las drogas en donde Tom se termina extraviando. Tal vez la bandera que plante Tom cuando llegue a tierras desconocidas sea la de mis medias, o tal vez mis medias sean la bandera de ese lugar onírico, de ese tiempo que nunca fue y nunca queda en blanco y ya no existe aunque es tan vívido y regular como la misma acción de pintar día tras día y quitarse el sudor con la mano y la remera enchastrada de blanco puro promesa, tan real como el polvo, tan luminoso como el ambiente limpio y espectral de la cabaña recién acondicionada para olvidar, la nave lamida que gira sin parar en el espacio del que nunca se vuelve, al que se fue lanzado después de un conteo que duró unos años, y en el que el diálogo se parece al final del tema de Bowie.
Luisa, se llama la encargada del edificio. Recuerdo el nombre con esfuerzo, como si se encontrara en medio del desastre que fue mi casa esos días y tuviese que hallarlo bajo algún diario pegado al piso, sepultado por los trapos, entre los muebles y los discos protegidos por frazadas viejas, y cuando la traigo con cara de espantado y le muestro y ella va a hasta arriba y baja y da su veredicto, se asusta más que yo, cuando me ve reír un poco, y mirarme los tobillos y el techo. Me repite que es un caño del noveno, y me aclara que el consorcio va a arreglar el origen de la filtración, pero que no se está haciendo pintura por el momento. No me quejo, le repito solamente que ayer acabo de terminar de pintar todo el departamento. Y cuando ella se va, apago y prendo la luz del plafón que ha quedado en el medio de la bandera que se ha formado en una porción del techo, y que refulge como un sol espacial, transformando la insignia de mi tobillo en un póster del desembarco, en otra cosa más a enumerar, de esas increíbles.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario