Me pareció bastante ridículo; apenas lo vi, pensé que estaba perdido, pero al rato, Luis lo trajo al salón y me lo presentó: “el Dr. Lee”, me dijo. Le di la mano, me la estrechó suavemente, y haciendo esos movimientos con la cabeza, el saludo típico de los orientales, se fue sentando frente a mí. Tenía una gorra de pana o una tela parecida, torcida, casi completamente de lado. Le quedaba bien, pero estaba un poco mayor para esas cosas. Tendría unos cincuenta y pico, o más. Llevaba una campera marrón de cuero con el cuello levantado, y debajo una camisa azul de una tela gruesa, abierta, desabotonada, que dejaba ver otra prenda más: una camisa de jean –esta sí, cerrada– de color gris oscuro. En el cuello tenía una bufanda naranja de lana, pero que la usaba como pañuelo. En realidad tampoco llegaba a ver si era una bufanda o era el cuello de un pulóver que tenía bajo la camisa de jean.
Empezamos a hablar en español y algo sabía. Me contó que viajaba frecuentemente por trabajo, y que estando en Madrid y en Zaragoza, había tomado clases. Los tiempos verbales, el género, el número y los pronombres, eran un caos, pero la estructura gramatical la tenía. A mitad de la clase, abrió un maletín que yo no había visto que traía, y sin interrumpir una conversación en donde practicábamos cómo pedir comida en un restaurante, sacó un frasco plástico con escrituras en chino. Lo destapó, metió dos dedos y extrajo una gran cantidad de crema que se empezó a pasar por las manos. Una vez que la distribuyó bien por todos los rincones de las palmas, el dorso y entre medio de los dedos, comenzó primero, a hacer un movimiento de encastre entre las manos, y luego a frotarse con fruición obsesiva. La luz fluorescente del salón, rebotaba contra su piel aceitada y por un momento suspendí mi diálogo porque mis pensamientos me llevaron a otra parte, a un lugar veraniego y cálido, húmedo y sudoroso, el agua corría con fuerza entre piedras enormes como muros que la acanalaban en algo que parecía ser un río, zigzagueba hasta chocar de frente con una piedra gigante con forma de elefante y conformar una especie de pileta natural. La vegetación era escasa como la barba del Dr. Lee. Creo que chisté cuando volví en mí y continué la tarea, pero me quedé observando los pelos de su cara. El Dr. Lee tenía unas barbas canosas, desordenadas, desparejas en grosor y largo, y de una irregularidad tal, que no podía llamarse a ese cúmulo de pelos, barba. Todo el cuadro lo completaba una sonrisa permanente en su rostro. Sonreía al hablar, al contestar, al preguntar, al ponerse crema. Era una sonrisa que tranquilamente hubiera podido pasar por burlona, pero que extrañamente no lo era. Sería, tal vez, debido a que el mismo Dr. Lee podía ser motivo de risa.
Al terminar la hora, sacó un fajo de dólares de su bolsillo, y extrayendo un billete abonó el importe de la clase. Se ve que sus manos ya habían absorbido la crema porque el billete no estaba grasoso. Tomó el maletín médico, y reverencia mediante, se dirigió a la puerta. Cuando estaba abriendo, pude ver que la parte posterior del pantalón gris de vestir que llevaba puesto, estaba tan gastada en el asiento que dejaba traslucir unos lunares rojos de lo que sería su calzoncillo.
Me quedé un rato en el salón pensando en esa imagen que había tenido, qué era, desde dónde había llegado hacia mí, el agua y la sensación de broncearme al sol, pero todo el tiempo la extravagancia ridícula del Dr. Lee llegaba a interrumpirme con alguno de sus rasgos y apagar en una risa interna, fuerte y fugaz, cada una de mis ensoñaciones. Esa noche había quedado en encontrarme con Lino y Tarcus a cenar para mostrarles algo del material que venía escribiendo. La idea era que vieran si algo les podía servir para sus shows, o que por lo menos con su experiencia me dijeran en qué estado estaban mis cosas, si eran verdaderamente graciosas, o no. Lo que realmente necesitaba era que me dijeran que estaba perdiendo el tiempo escribiendo, o que algo valía la pena. Estaba dispuesto a enfrentar el más humillante de los comentarios reprobatorios o un silencio largo y las excusas que evidenciaran la necesidad de no lastimar al otro y evadirse por una tangente que desembocara en un cambio de tema o una desaparición repentina de la escena inventando cualquier excusa, pero quería una devolución, cualquiera, desesperadamente. Cuando llegué adonde habíamos quedado en encontrarnos, el bar donde habitualmente actuaban, Lino estaba tomándose un whisky, acodado sobre una mesa, tan ensimismado en lo que fuera que estaba haciendo que cuando le toqué el hombro para saludarlo se puso de pie tumbando la silla en la que estaba sentado. Me dijo que pensaba en el show, que se sentía nublado esa noche, poco gracioso, cosa que no solía ocurrirle pero que cuando le pasaba podía ser que sucedieran dos cosas luego, bien que su actuación fuera descollante y lo sorprendiese a él mismo, o que no hiciera reír a nadie en absoluto. Indagando un poco más en el asunto, resultó que no era tan inusual esa sensación, Lino siempre se sentía así antes de un show, pero igualmente insistía.
–Hacé de cuenta que el cielo está nublado –me dijo–; y que en ese cielo que vos ves que está lleno de nubes, casi encapotado, cerrado, pero con algunos intersticios todavía, algunos espacios en los que el color del cielo puede verse claro, hay dos nubes gruesas, densas, blancas, colgadas encima. Es como si fueran nubes sobre nubes. Como si al resto de las nubes que habitualmente siento, se le hubieran agregado otras dos, distintas, de una clase más viscosa que hace que las anteriores sean casi como el mismo cielo.
No podía seguirlo mucho, pero entendía que se sentía bastante mal predispuesto a dar un buen show. Con algo de tacto y sacando la carpeta de mi mochila, pregunté por Tarcus. Me dijo que estaba atrás –y señaló al lado de los baños–, jugando a un videojuego viejo. Me contó de qué se trataba. Era un pez grande que iba nadando por una especie de calle comiendo frutos de mar. Los pulpos, me explicó, daban 50 puntos, las toninas 200, el pez espada 350, pero por ejemplo, si agarrabas el arma de la salsa, según cuál fuera, podías duplicar el puntaje de lo que te ibas comiendo, o ganar una vida, o congelar los peces para comértelos mucho más fácil, esto último, aunque no estaba seguro, era con la salsa picante, aunque podía ser la provensal, o esa era para hacer los peces más grandes, o no se acordaba, en realidad. Tampoco demostré mucho interés, para que hiciese el esfuerzo. La verdad estaba impaciente porque ambos empezaran a leer lo que había traído.
Tarcus apareció, me saludó con un abrazo y se sentó en silencio. Después hizo una pregunta: ¿cuánto tiempo debía pasar un hombre sin ponerla hasta sentirse virgen de nuevo? Ninguno podía precisar cuánto era el tiempo, pero sabíamos perfectamente de qué hablaba. Igualmente, él ya se sentía virgen, como si nunca hubiese olido una concha, dijo. Su imaginación lo estaba torturando, y no lo había dejado concentrarse en el juego al que estaba abocado desde que lo había visto en el bar. Es que de chico, él le había jugado y era malísimo, y acá tenía más tiempo para practicar, y además, confesó: el que tenía el record más alto en esa máquina, había firmado con las iniciales de un pibe que en la primaria lo había tenido de hijo. Era muy poco probable, casi imposible que fuese la misma persona, pero él se había propuesto superarlo como fuese, aunque ese día ni se había acercado. No sabía qué hacer, continuó, es que se acercaba a las chicas y últimamente no tenía idea qué decirles, balbuceaba, era demasiado directo o demasiado sutil, no la estaba pegando para nada, ni el mail estaba pudiendo sacarles.
–El otro día me acerco a una –dijo–, y la veo que me mira como si no me hubiese visto y yo sabía que me había estado mirando. Entonces le digo: “Yo te estaba viendo antes...”. “Ajá”, me contesta ella con un poco de cara de asco, que eso a mí me molesta de una manera, ufff, que no se imaginan, porque ellas no tienen idea todo lo que uno se juega en ese momento, que se acerca y les dice cualquier cosa. En ese momento estás más desnudo que nunca, es como en los sueños, que soñás que salís en canzoncillo a la calle.
–Yo no sueño eso –dijo Lino, riéndose.
–Bueno, no importa. La cuestión es que estás muy expuesto y encima la mina, que tampoco era muy linda, se da el lujo de boludearte como si vos le fueras no sé... a pedir plata.
–No te entiendo pelado –le dijo Lino–, te parás ante 300 persona y los hacés mear de risa, y no le podés hacer una entrada a una chica.
–Son cosas distintas, lo otro lo ensayo, lo laburo.
–Y bueno, esto también, tomátelo como un trabajo. Yo de hecho tengo mis 10 o 15 versos armados que más o menos utilizo siempre según el perfil de la mina, o según esté de humor. Una que siempre va es la pregunta. Ahí sienten que no te la avanzás, sino que hay una conversación que empieza por otro lado. Le decís que tenés un amigo que te acaba de decir que quiere terminar una relación por mensaje de texto. Que hace 6 meses que sale con su novia. Le preguntás qué opina, y con eso le das tela para rato, y una vez que estás hablando, después vas viendo. Le preguntás el nombre, hablás del lugar donde estén, qué música le gusta, la vas acompañando para donde va, no la confrontás, y ahí ves que tipo de propuesta le podés hacer: tomar algo, o le pedís el teléfono, u otra cosa...
–No me parece, eso de tenerlo armado creo que funciona menos. Yo trato de ser espontáneo, creo que eso es lo que vale.
–Sí, y así te va.
–Bueno, ¿y qué pasó con la chica qué contabas? –pregunté.
–Nada, me dio tanta bronca que no sé que le dije, me indigné y me fui. Vos podés creer: “Ajá”, me apagó la velita antes que empezaran a cantar el feliz cumpleaños.
–Es que por ahí ellas también están nerviosas y no saben qué decir –comenté.
–Claro, ahora que vos tenés novia..., claro, ahora él conoce a las mujeres. Te ponés del lado de ellas, cómo te tiene eh... En serio, no es joda, pienso en culos y en tetas todo el día, voy caminando por la calle, y me pierdo, parezco pelotudo, miró para atrás, enfrente, hago caritas, comentarios en voz alta, doy vergüenza.
Una ronda de cerveza, otra de whiskis, y empezaron con un chiste detrás del otro; yo participé con algunos propios que los hicieron reír bastante. Después siguió parte de la rutina que tenían preparada para esa noche. No me daba cuenta, pero estaban en una suerte de precalentamiento y mi carpeta quedó intacta sobre la mesa sin que la leyeran.
Cuando llegué a casa tenía un hambre tremendo, como si mi propio estómago se estuviera devorando a sí mismo y me di cuenta que ni siquiera habíamos comido nada en la supuesta cena. Antes de ir a la cocina, fui al baño, me venía meando hacía varias cuadras, y había llegado casi rengueando de las ganas. Meé con furia, con la presión al máximo, deseando que se murieran todos los peses del río con ese cloro. Me reí cuando me acordé que un amigo decía que en el momento en que empezás a llegar a tu casa orinándote, es hora de casarte. Después sí, abrí la heladera y me empecé a hacer un sándwich. Selva no había llegado, había quedado en encontrarse con amigas. Me quedé en la cama, viendo un poco de porno soft que estaban dando en la tele. Ella era fina y mucama, él un empresario exitoso y había sido engendrado seguramente en lo más profundo de un pozo ciego. Me quedé pensando en el casting, y me perdí bastante de la trama. No entendía nada, pero me di cuenta que él había tenido que contratar a alguien para que le ordenara la casa porque trabajaba mucho. El sexo sobrevenía de una especie de excitación salida de la nada, él la encontraba subida a una silla, limpiando una cortina con un plumero, la minifalda que usaba como uniforme dejaba ver sus piernas espectaculares, y entonces así, al pasar él se le abalanzaba sin mediar palabra, y al segundo ya estaban desnudos. La sobreactuación provenía, no de un goce ficticio como en el porno, sino de la misma falta de penetración, pero el frotamiento al que se sometían era bastante como para que la imaginación se pusiera a trabajar e hiciese el resto, repusiera todo lo que en la escena estaba mal, un diálogo que faltaba, una sugerencia, los suspiros, las manos recorriendo su cuerpo, desnudándola, contemplarla, agradecer internamente como si fuera que se está punto de comulgar. Selva llegó y cambié al azar y terminé en un partido de golf. Ella nunca decía nada, pero estaba seguro que pensaba: “Otra vez lo agarré mirando una porno”, y me hacía sentir como cuando era chico y mi mamá me encontró masturbándome en la cocina mirando el programa de Susana Giménez.
Estaba borracha, hacía mucho ruido e insultaba las cosas del baño como si fueran personas.
–No digas nada –me dijo, cuando entró a la habitación.
Yo no abrí la boca. Se sacó la ropa y se puso un buzo viejo mío, se acostó y me abrazó como si realmente fuera lo que necesitaba. A veces nos creemos nuestras propias mentiras, Selva esa noche estaba en eso. Se apretó a mí pasando su brazo sobre mi pecho y su pierna sobre las mías, respiró profundo y murmuró algo que pareció “te amo” o “mi amor” o algo así, que no llegué a escuchar bien, pero que me estremeció. Aunque no le creía nada, la abracé fuerte y decidí participar en aquello de lo que ya hacía rato nos habíamos apartado.
Al otro día ella se levantó temprano porque tenía que estudiar para dar una de las últimas materias que le quedaban de Letras. Yo ya estaba preparándole el desayuno. Me miró y me sonrió, pero enseguida abrió la heladera tapándose, con lo que su felicidad fue fugaz, casi como si no quisiese dejar constancia de ella.
–Estoy re cansada –dijo–. Dormí profundamente, pero seguiría en la cama.
Omití un comentario al respecto, y en vez de eso, le extendí una tasa de café.
–¿Cómo te fue anoche? –me preguntó, mientras hurgaba una lata buscando galletitas.
–Bien, pero al final no pudimos ver nada de lo que llevé. No era el lugar, ni el momento aparentemente.
–Bueno, pero se lo quedaron para leer...
–Sí.
–¿Y entonces?
–Bueno, estuvimos haciendo una ronda con sus rutinas, y yo aporté algunas cosas, y pareció que les gustaba, pero no sé...
–¿Qué?
–Me siento aparte. No sé como explicarte. Los que terminan subiendo al escenario son ellos, y algo de eso me lo hacen sentir abajo...
–¿Abajo?
–Sí, del escenario.
–Ah...
Seguí explicándole como me sentía. Selva me miraba, y parecía que escuchaba atenta, pero en realidad solamente esperaba el lugar para que terminara mi línea y entrar como siempre con algún tipo de consuelo, como si lo que yo necesitara fuese nada más que un mimo en una herida. El esperado: “Ya va a pasar”, no llegó. Cuando me corrí, para lavar la taza, me di cuenta que todo el tiempo había tenido la mirada fija en el patio.
–Me voy a dar clases –le dije–. ¿Vos vas a la librería a la tarde?
–Sí, primero paseo los perros y después del mediodía voy.
Antes de salir, pasé por el patio, más que a recoger las flores que habían caído de una de las plantas, que a la noche dejaba caer sus adornos fucsias vivases venidos secos y sombríos, a tratar de ver el punto que fijamente había seguido Selva en nuestro diálogo. Nada era un dato cierto.
El Dr. Lee estaba ahí de nuevo cuando llegué. Me saludó con una palmada en la espalda esta vez, nada de la solemnidad distante e incorpórea del día anterior, sino un fuerte golpe en medio de los omóplatos que me dejó viendo las estrellas y tosiendo. Se disculpó y entró al salón. Estaba vestido exactamente de la misma manera. Empezamos nuestra práctica de conversación en Español, y no sé por qué terminamos hablando de Nueva York. El asunto es que yo le conté que había vivido allí durante un año y medio. Frente a lo cual se mostró muy interesado, ya que dijo, él debería viajar a Nueva York por negocios en los próximos días. Me preguntó sobre ciertas características de la ciudad, sus medios de transporte, comidas, y yo aprovechaba para corregirle algunas pronunciaciones, conjugaciones verbales –sobre todo para que abandonara algunas de las formas de los tiempos compuestos y optara por las del Indicativo, por ejemplo que no dijera “yo he ido”, sino “yo fui” que aquí era más utilizada– hasta que me sorprendió cuando me preguntó acerca de “la gente negra” de Nueva York. Le dije que no había de qué preocuparse, pero el insistió, y le dije que tratara de evitar en general los barrios o los sectores que son considerados peligrosos, pero que no debía tener ese tipo de temores. No creo que haya sido suficiente, porque su recelo no se apaciguó. Es más, siguió a lo largo de las clases de esa semana retomando el tema, pero también contándome algunas historias de china y de sus viajes que algunas eran muy graciosas, tanto que decidí usar una para mis rutinas de observación. Así que cuando él partió para Nueva York, con su terrible miedo étnico a cuestas, yo me puse a darle forma a esa historia. Se trataba de un primo suyo que además de pescador era payaso, tenía una hija, y una amiga de ésta que estaba de visita en su casa, lo vio ensayando su rutina de globos. Parece que ser payaso estaba mal visto y él lo manejaba con mucha discreción, pero cuando la amiga de su hija se enteró, el padre de ésta y todo un grupo de amigos que él tenía en el ambiente de la pesca, dejaron de saludarlo. Su primo estaba muy triste por todo esto, le costaba ir a trabajar, y ya estaban pensando en mudarse de pueblo, cuando de repente, le empezaron a salir más trabajos de payaso, inclusive terminó actuando en la misma casa de la chica que había iniciado el rumor sobre su “otra” actividad. Su primo abandonó la pesca y se dedicó a ser payaso para siempre.
Estuve dedicado unos días a darle vueltas a ese relato. Selva entraba a casa y ya casi no me saludaba, cuándo le pregunté por qué no lo hacía, me dijo que consideraba que con el saludo de la mañana bastaba para todo el día. Le pregunté qué le pasaba, por qué estaba de tan mal humor y dijo que estaba cansada de que las mucamas le entregaran los perros que debía pasear, por la puerta de servicio. Especialmente se sentía muy maltratada por una mucama paraguaya que le cerraba la puerta en la cara sin siquiera saludar. Una noche le dije a Selva que me iría de casa. Lloró y me dijo que era un insensible, que no podía hacer eso, que ella pensaba irse. Al otro día, me levanté, ella dormía todavía y comencé a poner mis cosas en unas valijas. Cuando terminé, ella se despertaba. Desde la cama me dijo que no la volviera a llamar nunca más.
Tarcus me alojó unos días. Cuando sacaba mi ropa para colocar en un mueble que él tenía vacío, encontré un álbum de fotos que había guardado en una de las valijas con las que me había mudado, y ahí estaba una de las imágenes que había recordado y soñado esos días. El balneario con la piedra de los elefantes. Yo tendría 10 años, tenía puesto un short azul, y miraba a cámara contento apuntando con una hojota.
Me encontré al Dr. Lee una semana después. Había regresado de Nueva York. Le pregunté si le había gustado, y me dijo que sí, que le había gustado mucho, pero que la gente no le parecía amable. Le pregunté por qué y me contó otra de sus historias graciosas. Como tenía mucho miedo de la “gente negra”, había decidido ir a visitar el barrio chino, para evitar cruzarse con “más de ellos”. Allí, luego de recorrer un rato, un chino, se le acercó y le preguntó de dónde era. Él le dijo el nombre de su pueblo y el otro le empezó a hablar en chino. Estuvieron un rato charlando hasta que el chino le pidió que lo acompañara, que le mostraría algo que le iba a gustar mucho, y cuando pasaron por un callejón, lo apuntó con un arma y le robó todo, hasta su ropa, dejándolo desnudo. El Dr. Lee no paraba de repetir: “La ciudad es magnífica, pero la gente de Nueva York es la peor de todas”.
No volví a ver al Dr. Lee, y nunca supe qué clase de Dr. era, pero con esas dos historias que me contó armé una rutina que un mes después me tenían parado por primera vez en un escenario. Selva me llamó al tiempo y me dijo que me había ido a ver, pero que no se había atrevido a quedarse para saludarme. Yo le dije que la había visto entre el público, y que luego la busqué hasta darme cuenta que se había ido. Ella me dijo que sí, y seguimos hablando.

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