Nuria Ívalo es tan fea que si tomáramos a su padre hediondo y su madre podrida por el cáncer, y los pegáramos con moco u otro fluido viscoso de origen espuriamente corporal, no alcanzaríamos a condensar la sensación que puede llegar a causarnos. Es tan fea que no asusta. Causa indignación, genera un vacío, una fuerza que te absorbe desde el mismo centro de tu cuerpo con la negrura de una pregunta que crece hasta cegarte. Las respuestas son solamente aproximaciones. Nuria Ívalo, no es verdad. Tal vez esa sea una.
Su madre está a punto de morir. Tose saliva con pústulas rojas y marrones que Nuria Ívalo le limpia con un trapo y cada tanto enjuaga en un balde. La madre va a morir. Todos lo saben. Entre sus siete hermanos las reacciones son diferentes, pero la única que está ahí es ella, que con catorce años, es la más grande. La madre le hace prometer que va a cuidarlos a todos. Varias veces le pide que le conteste que va a hacerlo. Ella ya no le responde, pero le dijo que sí como tres antes. Ahora le dice que se quede quieta, que se calle, que la quiere, que es lo único que tiene y llora sobre el cuerpo de su madre que le acaricia la cabeza y le dice cosas tiernas despacito.
Los chicos juegan afuera de la casa. El rancho tiene tanto olor, que ni ellos que están acostumbrados, aguantan. Llovió durante dos días y el barro del piso desprende una pestilencia penetrante, que no solamente se percibe con la nariz. La tierra está podrida, como su madre.
Entra el de tres, será como el quinto, se queda mirando un rato y luego da media vuelta y corre hasta perderse más allá de la montaña de basura. Dos perros: sin nombre. Ella les dice Negro y Mocho, pero cada uno los llama distinto. Se muerden abajo de la mesa y ella los aleja con una patada. Le pega a uno, pero chillan los dos. Una vez tuvo un gato que quiso mucho, pero fue hace tiempo.
Nuria Ívalo tiene una cabeza que parece le estuviera martillando su cuerpo contra el piso. El pelo irregular y tieso, pero abundante, se le hincha en láminas de latas oxidadas y superpuestas. No mira parejo.
Hace una semana, desde que su madre quedó postrada, que no va a la escuela. Sus hermanos siguen yendo para comer. Ella se arregla con algo de arroz. Su mamá ya no pasa bocado. Le acaricia tiernamente con su mano tosca la frente a su madre. Se ríe. Tiene prendida la tele con un programa que transmite desde una playa amarilla y roja. Una chica dice groserías a los gritos, eso la divierte. Hay muchas sombrillas y la temperatura con números gigantes en un rincón de la pantalla. La gente juega. Sigue con la vista como levanta vuelo una de las moscas que andaban por el barro y mientras lo hace se disgrega en cada rincón de su casa deshecha tratando de desaparecer, morirse no. Mami, mamita, piensa, dice, grita, mientras la sacude y la acaricia y le arregla el vestido agarrotado de inmundicia, y le besa los ojos y le aprieta las manos. No hay nadie ahí para escuchar las cosas que le dice.
La va a dejar así: muerta, un rato. Más tarde va a llamar con su celular una ambulancia. La van a llevar y después a traer para velarla en la casa. Ella va a limpiar un poco, a tirar lavandina, a juntar a sus hermanos. A decirles lo que puede, se le va ocurrir nombrar mucho a dios. Uno de los chicos va a estar un tiempo largo sin aparecer. Al padre lo van a encontrar unos vecinos y lo van a traer, borracho como estaba, y lo van a sentar en una silla afuera con una caja de vino.
Nuria Ívalo va a repetir un movimiento que consistirá en llevar la mano hasta tocarse brevemente su espantosa frente abombada con la parte baja de la palma, como quien se olvida de algo, para luego descender en línea recta y depositar la mano en la panza como si acusara algún dolor. Lo hará cada vez que crea que alguien reza. No podrá observar alguna otra cortesía, no solo porque tal vez las desconozca, sino además porque fundamentalmente es estúpida. Nuria Ívalo tiene retrasos, baches en el pensamiento, graves problemas parar razonar, tiene una mente frágil y pequeña como la de un animal elemental, un cuis digamos.
Unas noches después va a soñar. Baja por una escalera grande, amplia y limpia, la recibe alguien que bien podría ser su sirviente por lo amable y por todo lo que le sugiere probar en la mesa en la que la acomoda. El hombre menciona una cantidad de platos con nombres extraños, pero que cuando los describe contienen cosas muy corrientes como albóndigas o fideos. Ella solamente probará uno y en escasos bocados. El hombre mencionará la presencia de otra invitada que cuando aparece marca el fin del sueño.
Nuria Ívalo tiene dificultades para hablar. A veces no son tan notorias, pero otras el rostro parece que se le doblara y contrajera en pequeñas porciones sellándole la boca, dejándole emitir solamente estruendos y chasquidos. Fue éste el caso cuando se acercó hasta una agencia de quiniela. Quería jugar el número que llegó a soplarle en el oído la mujer del sueño, pero no le entendían qué decía. Se sentó en una silla, respiró un poco, miró el piso, tocó la moneda de cincuenta centavos que tenía en el bolsillo de su vestidito andrajoso, se paró y habló, espesa pero persistente.
Nuria Ívalo gana. Es muy poco, porque lo que juega es casi nada, pero le sirve para comprar algunas cosas y darle de comer a sus hermanos por unos días. A la escuela no vuelve porque tiene que trabajar todo lo que pueda. Empieza a limpiar en una casa, donde lo había hecho su madre hacía un tiempo. Ella la había acompañado varias veces. Igual, necesita que la recomiende una tía. No es exactamente su tía, pero así le dice ella. Limpia hasta que se queda sin aire. Toma agua a escondidas. Se queda deslumbrada con los dibujos de la etiqueta de una botella de vidrio que está adentro de un mueble grande, y por la tersura de la tela de un vestido, que acaricia varias veces sintiendo no haber tocado nunca nada tan suave.
Nuria Ívalo, tiene los pocos dientes que le quedan, como si se los hubiesen arrojado en un puñado violento adentro de la boca. Cada uno con un rumbo distinto. Igual, pronto se quedan de nuevo sin nada que masticar. Trata de que los más chicos no pasen mucha hambre.
Va a tener que ir a la escuela a hablar porque el de ocho, se la pasa saltando y no hace caso. La maestra le va a decir que el chico no se esfuerza, que no presta atención y que agrede a sus compañeros. Le va a confiar también con gesto tenebroso que su hermano dijo: "Mi hermana es la esposa de mi papá". Y ella ahí va a sentir el susurro de vino de su padre que la calza desde atrás agarrándola de las costillas, situación que le va a causar escalofríos delante de la maestra. Le va a contestar que son cosas del chico y se va a ir a trabajar. Va a tomar el colectivo turbada y va a bajarse varias cuadras después de su parada. Llegará algunos minutos tarde, transpirada. Va a recibir un reto por parte de la señora. Va a volver de noche a su casa, en la oscuridad igual verá.
Sueña que se desvela y que sale de su casa a dar vueltas hasta que termina en medio del basural donde empieza a encontrar cosas de mucho valor, tantas que necesita un recipiente para ponerlas, y después comida y dinero. Unas ratas le llevan algo que estaba por recoger y entonces las persigue, camina largo rato mirando no ensartarse con vidrios o agujas. Llega a unos cartones amontonados que hacen rancho y cuando se agacha, de allí asoma una cabeza -a la que es raro, no teme- que le sopla algo al oído.
Nuria Ívalo supera el repulgue que se le hace la boca cuando quiere decir el número en la agencia de quiniela. Juega y acierta. Reitera el modesto triunfo. Compra cosas de moderada austeridad pero que puede combinar para alimentar a sus hermanos por varios días. Mitiga. Se queda con unos pesos en el corpiño.
Gasta la mitad en comprarle remedios al más chico que cae con una fiebre que lo internan. Nadie le dice bien qué le pasa y ella desconfía. Se queda con su hermano en el hospital. El olor de ahí le gusta. La luz tan blanca la marea. Se duerme mirando la imagen de una mujer que pide silencio. Cuando despierta el chico le habla y ella solo lo abraza varias veces.
Hace tanto calor adentro de la casilla de lata que se asfixian. La idea es ir al río. Caminan bastante bajo el sol que los moja tanto que se rebosan con la tierra del camino. Se van tirando piedras y haciendo bromas. Cuando a alguno le pega una fuerte, llora, y busca venganza lanzando alguna de tamaño tan desproporcionado que no tiene chances. Ella lleva un rato alzada a una, hasta que rezonga del esfuerzo. Paran en una casa que tiene una manguera afuera. Uno abre la canilla y todos toman el agua aunque esté tibia. Se empapan. Al llegar al río están secos de nuevo. Hay un cartel que dice que es peligroso bañarse pero no lo leen. La costa está llena de basura y de plantas y peces y animales en descomposición. Se bañan vestidos, casi todos también con zapatillas. Cuesta caminar por el río, porque los pies se entierran a cada paso. Un chiquito llora porque dice se ha quedado pegado al piso. Hay que rescatarlo. Como la costa del otro lado no se ve, uno le pregunta a ella cuándo termina eso. Ella, que no está segura, dice "lejos". Cuando empieza a caer el sol todos se amansan como el agua. Sobresalen solamente las cabezas, el resto de los cuerpos oscilan ocultos entre la flotación y el rítmico impacto con el lecho. Quietos, hacen silencio de respeto a los colores raros en los que la tarde se quiebra.
En unos días, cuando el calor amaina, sabe que va a cumplir años. Se preparará. Recorrerá algunos negocios hasta encontrar una tela como aquella que había tocado o parecida. Comprará un metro. Le coserá en un extremo una cinta de un color por poco igual. Irá a comprar también una bolsa de papas al mercado. Como no podrá con semejante peso deberá pedir ayuda a uno de los chicos que trabajan allí, para que se la lleve a su casa. El chico irá e insistirá ser invitado al cumpleaños. Ella, luego de un rato, le dirá que no.
Pelará toda la bolsa de papas y las hervirá. Las dividirá en porciones abundantes, las mezclará con mayonesa y las servirá en unas bandejitas plásticas. Invitará cuatro amigas de las que irán tres. Estarán también sus hermanos. Se atará al cuello la cinta con el pedazo de tela suave y se sacará fotos ella misma hasta agotar la memoria de su celular. Al inclinarse a soplar las quince velas pensará en su madre.
martes, 9 de marzo de 2010
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2 comentarios:
Un relato increible...
Descriptivo, te permite meterte en la historia; imaginar los personajes, los lugares, las sensaciones...
Me encantó!
Saludos!!
Gracias, Belén.
Saludos.
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