Haceme lo que quieras dijo mirándolo fijo, cerrando los ojos al terminar la frase; ella se abrió como un pequeño abismo y él cayo desnudo adentro. En un ojo se le clavó una paja de la almohada improvisada y se distrajo. Movete, no me dejés sola, dijo ella. Era un anuncio el aullido con el que la noche se había detenido. Al otro día se despertó mirando un pino por una pequeña ventana al fondo de los pies de la cama. Nada de lo que lo había conducido hasta allí le parecía verídico. Casi creyó que no podía hablar. Se había dado cuenta de que esa era la forma en la que todo llega a sernos verdad, a constituirse. Era escuchando su propia voz, armando un relato sobre sí mismo que solamente el mundo podía ocurrirle. Si hubiera tenido que explicarle a alguien como se había dado todo, hubiese intentado empezar diciendo que fue a Sani a quien se le ocurrió que escribiera una novela sobre la oficina. En realidad Sani pensaba que ya la estaba escribiendo y solamente pedía que en la novela figurara que él tenía plena conciencia de ser un personaje de esa novela, que era un personaje conciente de estar incluido, viviendo en aquello que Brédeston estaba escribiendo. Brédeston se reía, aunque no estaba escribiendo absolutamente nada sobre la oficina, es más, su ejercicio nocturno de la literatura se había estancado hacía unos meses debido a algunos problemitas con la bebida; se ponía a beber y escribía cualquier incoherencia hasta la madrugada, que le parecían sublimes en el momento, pero que al otro día no entendía, entre las consonantes apiladas, algunas frases, risas, y nada de trama, solamente algún desarrollo de personaje casi siempre por demás de obvio, o una serie de insultos a alguien.
Su escritura se había convertido en una especie de tacho de basura del día, un lugar donde arrancarse las alimañas, un póster sobre el cual escupía dardos del color de la bebida que tomase. Primero no lo tuvo en cuenta, a quién le importaría leer sobre un grupo de gente que trabaja coordinando tareas para poner un hospital en el espacio, era absurdo; pensó en la última novela que había leído y que le había parecido tan interesante, eso quería escribir él. Una prosa sencilla, misterio, una historia de amor en el medio, ella ve un hombre atacando a su amigo y lo confunde con el asaltante del tren que lleva el uranio, y al disparar, la bala roza uno de los soportes y los cubre a ambos de uranio, uno de ellos se salva pero queda desfigurado por la mutación genética que al instante se le produce en todo el cuerpo, el otro cae bajo el tren y es pulverizado. Ella no sabe si el que sobrevive es el que atacaba o era atacado, pero luego de ser absuelto, él logra enamorarla haciéndole trucos de prestidigitación. Ella continúa igualmente con las sospechas, y él con sus trucos ampliados o magnificados por chips que se va colocando con la excusa de remediar sus mutaciones que siguen ocurriendo constantemente, tanto es así que ella en ocasiones no puede reconocerlo, en un pasaje del libro va a encontrarlo a un restaurante y aparece un niño, pero es él, y así en otro momento él se vuelve árbol, o mástil de la bandera. Entonces por eso los chips, para dejarlo de una manera constante. La cuestión es, se va develando a través de doscientas páginas aproximadamente, que él se inserta los chips, para llegar a tener un poder de prestidigitación tal que le permita desaparecer el mundo, y entonces ahí todo el conflicto: ¿es el malo?, ¿se hizo malo por el accidente?, ¿las mutaciones lo convirtieron?, y así hasta un desenlace en el que el amor todo lo puede. A Brédeston le gustaban las historias vertiginosas, de temáticas actuales, que lo llevaban a leer el libro de un tirón, o a conservar esa sensación.
jueves, 24 de julio de 2008
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2 comentarios:
Muy bueno el texto, manu. un abrazo. francisco
Gracias Fran.
Un abrazo, ya nos veremos.
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